La motosierra de Abelardo de la Espriella o la continuación del progresismo en Colombia
Finalizó la primera vuelta de las elecciones a la presidencia en Colombia. Un sonajero de candidatos y candidatas amplio en número y espectro político/ideológico.
Finalizó la primera vuelta de las elecciones a la presidencia en Colombia. Un sonajero de candidatos y candidatas amplio en número y espectro político/ideológico.
El domingo 31 de mayo alrededor de 23 millones de colombianos y colombianas salieron a las urnas en ejercicio de la democracia liberal representativa para depositar su voto en una jornada de tensión, donde la derecha y la izquierda progre medían fuerzas. Partidos políticos como el del expresidente Álvaro Uribe Vélez (Centro democrático) y el del actual presidente, Gustavo Petro (Pacto Histórico) llevaban el punteo mediático, dado el cruce de agravios, común entre los dos líderes políticos.
Ninguno de estos líderes contaba con lo que hoy la mass media internacional ha bautizado como “outsiders de la política”, como el caso de Abelardo de la Espriella, empresario y abogado de personajes oscuros desde su bufete de abogados. Lo que no queda claro es a qué se le llama “outsiders”, cuando la historia deja clara su cercanía con lo más rancio de la política tradicional y, sobre todo, regional del país. Pero también es poco nítido aquello de su ejercicio profesional desde el derecho y la ética -cosa que él no ve como algo que deba llevarse por el mismo camino-, cuando sus clientes no bajan de estafadores, delincuentes y narcopolíticos.
Sea como sea, el candidato De la Espriella en Colombia es la continuación de aquello que la política tradicional local y mundial ha logrado armar como “productos del mercado”, forasteros del ring de la política que brotan de la nada en época electoral, entiéndase Milei, Bukele o Peter Magiar en Hungría. Porque es claro que estos “nuevos” políticos no surgen de la nada, sino de descontentos generalizados que las sociedades buscan derrotar y que el sistema logra canalizar en la construcción de nuevas figuras.

En otras palabras, promesas fallidas -cosa de todo gobierno- que sobreponen desde el mass media e intereses corporativos a los intereses colectivos, instalando discursos y narrativas de cambio, renovación y seguridad en el marco de las decisiones políticas bajo el mando personajes nuevos, sin “contaminación”.
Y como apuntaba Milei en 2021, “vengo a sacar a estos delincuentes a patadas” siendo esto un engagement para ganarse gran cantidad del voto joven, dudoso o de aquello que llaman “centro”; por supuesto, no podemos dejar de nombrar ese voto aspiracional, tan común desde México hasta Argentina. También resta mucho por responder desde las fuerzas políticas tradicionales que con su incapacidad han allanado el camino a estos experimentos corporativos.
En efecto, los dos candidatos que lograron la mayor cantidad de votos, fueron Iván Cepeda, defensor de derechos humanos y de las víctimas del conflicto colombiano y el señor “forastero” de la política en un mano a mano rutilante, intenso, siendo la diferencia entre el primero y el segundo (Cepeda) de apenas 630.000 votos.
Pero hay algo que debe verse con lupa en estos días que quedan para la segunda vuelta de balotage del 21 de junio, y es que, si bien no todos los puntos de un programa de gobierno -Gustavo Petro- se cumplieron a cabalidad, es claro que el pueblo colombiano de los territorios olvidados sí encontró el cambio y la presencia estatal que clamaron durante años, lo que explica en gran medida, que el voto rural en zonas de conflicto armado y ausencia histórica del Estado, fue positivo para el proyecto de continuación de Iván Cepeda. A toda luces, se demuestra que el voto citadino, el cual benefició al candidato de ultraderecha de motosierra, hace parte de aquellas sociedades aspiracionales que aplauden medidas represivas, penales y judiciales para la resolución de los conflictos inherentes a toda sociedad. ¿No es muy Milei? ¿No es muy Bukele?

Por otra parte, entender nuestros problemas, muy similares en la región -Colombia suma un conflicto armado y el narcotráfico- desde la penalización de la protesta, la represión, la falta de humanidad para pensar políticas ambientales , la ausencia de propuestas de corte cuidador, nula en derechos humanos y plasmada desde la visión corporativista del manejo del Estado, genera incertidumbre, miedo frente a lo que se vivió por más de cien años en Colombia.
De lo anterior se desprende que la campaña para el balotage del 21 de junio se regirá desde la excitación y los nervios de una sociedad, si se quiere, polarizada, que anhela en un alto porcentaje seguir el camino del diálogo, el respeto a la naturaleza, a las diversidades, los animales, las infancias y con la interlocución obligatoria que en un país de cientos de nacionalidades indígenas, pueblos raizales, afro, palenqueros y campesinos se debe tener. Se nota hace cuatro años.
El contrapunteo de dos proyectos de país contrapuestos será intenso, con gran cantidad de intereses en juego, desde las corporaciones, la injerencia estadounidense el sionismo y el poder político local, hasta el interés de los animalistas, los y las estudiantes por una educación pública, gratuita, de calidad y universal, hasta los y las pensionadas, los y las contratistas del Estado y claro, los actores armados que hoy encuentran mesas de diálogo y no estructuras militares y bombardeo indiscriminado.
Dos propuestas que esta Colombia tendrá que sopesar.
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