The Brutalist: propaganda sionista envuelta en drama
Tres horas y media de incomodidad calculada, personajes sin cierre y una escena que no aporta nada a la trama pero sí rompe el ritmo de todo lo anterior. Una opinión.
Por Víctor Barba | 24 de junio de 2025 | Actualizado: 11 de marzo de 2026 Tiempo de lectura: 7 minutos Sección: Cultura
Propaganda sionista cubierta de una historia dramática, sentimentalista y asquerosa, envuelta en un aire de falso documental que he de reconocer, en ocasiones pareciera que se nos habla de un personaje histórico. Pero cuando por momentos recordamos que estamos ante una película y que László Tóth es un mero personaje ficticio, puedo decir que se rompe un poco la magia.
A pesar de ello, The Brutalist (2024) es un drama que se disfruta. La trama sigue a un arquitecto (Adrien Brody) refugiado en los Estados Unidos, que se busca la vida en trabajos de poca monta, viviendo con familiares, amigos y, en última instancia, en refugios para indigentes . A primera vista esta podría ser una película que emula la lacrimosa cinta de En busca de la felicidad. Un extranjero, profesionista y genio en su área, un incomprendido a quien un mecenas nota su talento y le ofrece un espacio para trabajar y expresar sus ideas, y donde al final todos vivieron felices y el cuento de la meritocracia otra vez se nos mete con fuerza mediante un sentimentalismo barato y la esperanza de que en otro país nuestras ideas serán valoradas y seremos genios y figuras históricas.
En primer lugar, sabemos de antemano que la meritocracia es una farsa y, en segundo, que en muchas ocasiones y dependiendo del país al que emigremos, tendremos que aprender a lidiar con la segregación, el racismo y la indiferencia de los nativos, sobre todo si nuestra intención es establecernos en Estados Unidos, justo como lo hace el protagonista de esta película. Algo que me atrajo es que sin adornos y de una manera que podría considerar objetiva, se nos muestra a una Estados Unidos de la posguerra (segunda mundial) en donde el trabajo es escaso y se atraviesa una crisis económica, en donde se debe aprender a vivir el día a día.
Pero como el profesionista que es László, tiene una afición por visitar bares, el consumo de heroína y las prostitutas. Esto mientras espera que su esposa pueda huir de la guerra junto con su sobrina y rehacer su vida en el flamante nuevo país del que ahora forman parte. Su nueva vida se va desarrollando entre el maltrato y la indiferencia: al llegar a la tienda de muebles de su primo, este le ofrece un trabajo. Es en este punto en donde la película comienza a mostrar sus verdaderos colores.
No se pretende dar voz a las personas desplazadas por la guerra, tampoco se busca retratar la manera en que los refugiados deben ganarse la vida, mucho menos es una crítica a la sociedad gringa, tampoco se trata de resaltar los conocimientos y virtudes del trabajo profesionista extranjero. Muy pronto, la película se convierte en un asqueroso baile de incomodidad entre las interacciones que se dan entre los personajes. Estos suelen acercar mucho sus rostros y debo admitir que es raro, pero llega a transmitir un sentimiento de incomodidad que nos acerca aún más a la forma en que László percibe su entorno.
Toda la primera parte está diseñada de forma que el personaje se vuelva entrañable, ya que estamos ante el clásico genio incomprendido, a quien incluso sus más allegados buscan sabotear porque se dan cuenta de que una persona así viene a cambiar el statu quo, algo que los acomodados no pueden permitirse.
Por ejemplo: su primo, al momento de ofrecerle de forma sexual a su propia esposa mientras festejan el cierre de un negocio — un proyecto de remodelación de un estudio para un gran empresario, encargado por el hijo de este. Al ser una sorpresa, el acaudalado no estaba enterado y al ver la obra monta en cólera y cancela el proyecto. Sabiendo la pérdida económica que esto supone y que no obtendrá beneficios de que László viva en su casa, Attila, su primo, lo culpa de la cancelación y además lo confronta por intentar acostarse con su esposa. Lógica y congruencia son algo que no existen aquí y la incomodidad solo hará más que incrementarse a partir de este punto.
Hasta aquí solo hemos visto el calvario de László y para que nos dé aún más pena y liberemos lo que queda de empatía por él, sabemos que es judío, y no había nadie que hubiese sufrido tanto como un judío de la posguerra de la segunda guerra mundial. Dejándonos ver que el calvario de los hebreos no hace más que incrementar: viene de la peor persecución de su fe en la historia y estos pobres aún son maltratados por los ciudadanos de los países a los que emigran.
Pobres sionistas, ellos solo necesitan un pedazo de tierra único y exclusivo para los que profesan su fe. Con el fin de crear su etnoestado bajo la vigilancia y cuidado de la Liga de Judíos y la Compañía Judía que Theodor Herzl propuso en su libro El Estado Judío — una tierra para que puedan florecer y ser los benefactores del mundo, ya que no han podido explotar todo su potencial en los países que habitan.
Harrison Lee Van Buren es el nombre del empresario millonario que busca al arquitecto para que lleve a cabo la obra de un centro comunitario en memoria de su madre, fallecida el mismo día en que se conocen. Por lo que le parece que la fortuna y la suerte le sonríen al inmigrante. Pero la felicidad duraría poco: nuestro judío favorito tiene que gestionar un proyecto monumental con todos los retrasos y burocracia que eso conlleva, una magna obra, un edificio en estilo brutalista que será su marca en la comunidad y con el que su nombre se establecerá en la historia. Pero no: el tren que transportaba más de la mitad del material se descarrila, la obra se cancela y László queda de nuevo a la deriva.
Para el intermedio del filme, Erzsébet Tóth y Zsófia hacen aparición en los Estados Unidos. Tanto la esposa como la sobrina de László han logrado salir de Budapest y han llegado al país, pero más allá de lo emotivo del reencuentro, se siente una distancia abismal entre estos tres personajes. El matrimonio se maneja de una forma extraña, no hay emoción, son dos seres alienados. ¿Pero no se supone que László ama a su esposa? Nunca se nos muestra si tuvieron problemas en el pasado, por lo que la indiferencia que se siente en la pareja no tiene sentido alguno dentro de la trama. Bien pudieron ser dos desconocidos y el ritmo del film no habría cambiado.
Hablando de ritmo: para la segunda parte de la película, lo que parecía un falso documental bien llevado pronto se tuerce y se pierde lo poco que nos anclaba a la trama. Erzsébet es una periodista formada en Oxford que ha trabajado para periódicos locales en Budapest. Al darse cuenta Harri de que las personas bajo su mecenazgo son letradas, comenta que tiene envidia de sus talentos, y esto será elemental para el desarrollo de una de las escenas más gratuitas y sin sentido que me ha tocado ver en cine.
Esta segunda parte es solo una espiral de decadencia tanto de las relaciones laborales como de las personales. La interacción entre la pareja es cada vez más tensa y, a pesar de que hay un par de diálogos introspectivos sobre la problemática de pareja, no termina de cerrar y se continúa con el sentimiento de que ese alejamiento es solo un pretexto para dar una falsa problemática donde no hay motivos para que exista un distanciamiento emocional.
Una vez que Erzsébet se incorpora como personaje dentro de la esfera de la burguesía estadounidense, pareciera que sería un personaje crítico y conflictivo en cuanto a la forma en que viven y conviven los acaudalados. Pero no: la crítica se minimiza en pro de una incomodidad por el trato que los adinerados les dan. Pareciera que los menosprecian, pero a la vez los admiran, y estos sentimientos dentro de la película no terminan de cuadrar. La intención de marcar algunos plot twists no llega a concretarse.
El punto inflexivo de la obra es cuando Zsófia está en una cena con su novio y sus tíos, en donde el diálogo se centra en que ella y su esposo harán la Aliyá, lo cual es el proceso de emigración de judíos del mundo hacia Israel amparado por la Ley del Retorno de 1950 — ley que garantiza el derecho de cualquier judío del mundo a emigrar a lo que consideran su tierra . En esta escena el discurso se mantiene en esa frontera: se lleva a cabo un pequeño debate sobre si en Israel sus tíos podrían tener mejores trabajos. Sutilmente se deja entender que son menoscabados en sus ambientes laborales, claro, por ser judíos. Este es el sentimiento que ha posicionado al sionismo como la ideología tan eficiente que es: apelar a la necesidad humana de reconocimiento dentro de su congregación.
Para ser claro, la retórica no se lanza a la cara de forma directa. Inteligentemente se intenta esconder en los dramas que viven los personajes: los problemas de pareja, la falta de expresión del arte de László y la envidia que los acaudalados le tienen al arquitecto propician un ambiente hostil del cual incluso yo me siento hostigado a pesar de no tener religión alguna, por lo que es posible comentar que la película cumple perfectamente con su función.
El punto álgido es el electrificante final. Después de la reunión, Harrison contacta a László para que lo acompañe a una cantera en Italia para elegir mármol, ya que supuestamente fue posible recuperar el dinero del accidente y el proyecto del edificio se reanudará. Se ven en Italia y los llevan directo a la cantera. Una vez elegida la piedra, el dueño del lugar los invita a una fiesta dentro de los túneles.
László hace gala de su galantería y su abuso de sustancias: se deja llevar y baila con una rubia que encuentra en la pista mientras Harrison los observa. Cosas suceden hasta que el arquitecto debe salir del lugar y se topa con un Harrison claramente molesto, quien piensa que el hecho de que este genio pase sus días entre alcohol y mujeres desperdicia su talento en gustos mundanos. Recordando que ya se había dejado ver ciertos celos por la pareja, enseguida y en medio del discurso de desagrado que le hace al arquitecto, estos toman asiento en un pequeño banco y Harrison viola a László. Así de una, sin más, sin necesidades del guion, sin aportar nada a la trama, solo un mero acto asqueroso motivado por el recelo al intelecto. Aquí fue el momento en que la película se tornó en algo contrario al arte, al buen gusto y a la narrativa. Debería considerarse un acto contra la humanidad el solo hecho de haber pensado por un momento en agregar esa escena así porque sí. Pásenlo por la guillotina y páguenme terapia.
Este es el momento en que uno se cuestiona qué ha estado viendo durante cuatro horas. Mientras el filme continúa todo parece tener sentido, pero esa escena desagradable rompe el ritmo y es cuando se comienzan a notar las incongruencias y la falta de cierre argumentativo. No llegamos a conocer del todo a los personajes: en un momento estallan, en otro son jubilosos, temerosos, ansiosos, dentro de una amalgama de sentimientos y expresiones que se modifican casi en cada escena, dejándonos sin saber cómo empatizar con ellos, lo que lleva a un cansancio emocional.
El minimalismo es la principal característica del brutalismo, un estilo arquitectónico que se distingue por el uso de concreto en bruto, casi sin acabados, de forma que la propia estructura del edificio puede contemplarse, con estética monocromática y austera. A este elemento intenté buscarle significado dentro de la película y, o seré lento y especial, o en verdad no existe una conexión. Simplemente un edificio idílico sin terminar, como lo podría ser la tierra de Israel que aún siguen victimizándose por no poder terminar su proyecto de invasión. Sí, quizá sea eso.
The Brutalist falla en todo lo que quiere contar: el drama se diluye con la incomodidad, no hay arquitectura que admirar, la crítica al capitalismo que busca se pierde una vez que László se posiciona, los horrores de la guerra son inexistentes ya que incluso no hay diálogos profundos al respecto, la crítica a la burguesía se nos pierde al momento en que pasan del acoso al no acoso. Por lo que, como comento al inicio, la propaganda sionista se muestra en cuanto al maltrato que se les da a los judíos por parte de cristianos y otras ramificaciones de esta fe, y la solución que tienen para potenciar sus habilidades, negocios y estilo de vida es: emigrar a Israel.