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Rosario Castellanos y Mujer que sabe latín: una visión feminista escrita desde el porvenir

A cien años de su nacimiento, Rosario Castellanos sigue nombrando lo que duele. Mujer que sabe latín anticipa debates sobre género, poder y educación que el presente todavía no resuelve.
Rosario Castellanos y Mujer que sabe latín: una visión feminista escrita desde el porvenir

A cien años de su nacimiento, Rosario Castellanos sigue nombrando lo que duele. Su ensayo más político anticipa debates que el presente todavía no resuelve.

Por Yared Céspedes | 24 de junio de 2025 | Actualizado: 11 de marzo de 2026 Tiempo de lectura: 6 minutos


En el marco del centenario del nacimiento de Rosario Castellanos — nacida el 25 de mayo de 1925 en Ciudad de México y criada en Comitán, Chiapas —, múltiples instituciones mexicanas la conmemoran como una de las figuras más incisivas del feminismo en el país 1. Castellanos no solo escribió literatura; su obra fue y sigue siendo una herramienta de denuncia y reflexión profunda sobre las desigualdades que atraviesan a las mujeres y los pueblos originarios. Su legado, incómodo para muchas estructuras de poder en su tiempo, continúa vigente porque sigue nombrando lo que aún duele: la exclusión, la sumisión y la negación de la autonomía femenina.

Castellanos denunció sin rodeos las estructuras patriarcales desde las que se dictaron, por siglos, los destinos de las mujeres. Pero no se limitó a señalar lo que estaba mal: también abrió posibilidades para imaginar otros caminos. En Mujer que sabe latín (1973), uno de sus ensayos más potentes, articula una crítica lúcida que anticipa discusiones contemporáneas sobre género, poder, educación y libertad 2.

La exclusión estructural de las mujeres

En Mujer que sabe latín, Castellanos expone cómo, a lo largo de la historia, las mujeres han sido apartadas de los espacios de poder, saber y participación pública. Lo hace con un tono firme, irónico, sin concesiones:

"Así, la mujer, a lo largo de los siglos, ha sido elevada al altar de las deidades... cuando no se la confina en el patio de las impuras... del ágora política, del aula universitaria." (p. 10)

La autora revela cómo las actitudes aparentemente ambivalentes del patriarcado — adorar a la mujer como diosa o reprimirla como pecadora — responden en realidad a un mismo objetivo: excluirla del ejercicio pleno de su libertad. Esta crítica se mantiene dolorosamente vigente en un país donde todavía muchas mujeres ven restringida su capacidad de decidir sobre su cuerpo, su trabajo o su voz.

Redefinir los roles femeninos desde la conciencia

La obra de Castellanos no solo señala la violencia estructural; también propone desmontar los ideales de feminidad impuestos históricamente. Uno de los más arraigados es el del "Ángel del hogar", molde que promueve una mujer obediente, abnegada y silenciosa. A través de una lectura crítica de los discursos religiosos y educativos, la autora desmantela esa construcción:

"La mujer fuerte... lo es por su pureza prenupcial, su fidelidad, su devoción a los hijos... sus virtudes son la constancia, la lealtad, la paciencia, la castidad..." (p. 19)

Estas virtudes — presentadas como naturales — son en realidad mandatos que anulaban cualquier posibilidad de autonomía o cuestionamiento. Castellanos propone, en cambio, una resignificación del rol femenino: ya no el de la mujer sumisa que acepta sin protestar, sino el de la mujer pensante, consciente, capaz de decidir sobre su propia vida con libertad y responsabilidad.

Educación y libertad como condiciones de emancipación

Uno de los núcleos más poderosos de la obra es su insistencia en la educación como medio para la emancipación. En un país donde las decisiones sobre la formación de las mujeres estuvieron históricamente en manos de varones — padres, esposos, autoridades religiosas o políticas —, Castellanos propone una ruptura radical con esa lógica.

Señala que no basta con cambiar las leyes o denunciar las injusticias: es necesario cuestionar profundamente las estructuras de pensamiento que las sostienen. Desaprender lo aprendido para poder reaprender en libertad. Elegir si casarse o no, tener hijos o no, estudiar o no, debe dejar de ser una concesión y convertirse en derecho pleno:

"Tengamos el valor de decir que somos vírgenes porque se nos da la real gana... Pero, por favor, no sigamos enmascarando nuestra responsabilidad en abstracciones como virtud o castidad..." (p. 31)

Esta declaración, valiente para su época y aún hoy provocadora, resume la necesidad urgente de pensar la libertad femenina como ejercicio consciente, no como obediencia maquillada de moral.

Más allá de la confrontación: humanidad compartida

Lejos de promover un enfrentamiento entre géneros, Castellanos plantea una crítica estructural al sistema que daña a mujeres y hombres por igual. El machismo, señala, también impone a los varones papeles inhumanos y relaciones basadas en el poder, no en el afecto:

"Y en cuanto a los maridos... son seres humanos a quienes nuestra inferioridad les perjudica tanto o más que a nosotras..." (p. 32)

Esta reflexión convoca a reconocer la humanidad compartida y a repensar las relaciones desde el respeto, la equidad y la corresponsabilidad. Su feminismo no es una trinchera desde la cual atacar, sino un lugar desde donde reconstruir.

Un legado vigente para pensar el presente

El pensamiento de Rosario Castellanos sigue interpelando porque no se conforma con describir el mundo: propone transformarlo. A cien años de su nacimiento, sus palabras siguen siendo brújulas. Nos recuerdan que el feminismo no es una moda ni una confrontación, sino una forma de ver el mundo desde la libertad, la educación y la conciencia crítica.

Su invitación es clara: cuestionar los roles impuestos, redefinir los vínculos y defender el derecho a decidir sobre nuestras vidas. Porque, como ella demostró, pensar también es una forma de luchar.