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Nada que curar: la brutal realidad de las terapias de conversión en pleno siglo XXI

En 68 países se practican las llamadas "terapias de conversión". En Colombia, una de cada cinco personas LGBTIQ+ las vivió. Una nota y un cuento sobre lo que los datos no dicen.
Fuente: acciongay.cl

La tortura disfrazada de fe y corrección

Publicado originalmente: 22 de junio de 2025 | Actualizado: 11 de marzo de 2026 Por Sergio Perugache | Tiempo de lectura estimado: 8 minutos

A menudo se confunde el avance tecnológico con una mayor capacidad de comprensión humana. Pero mientras la humanidad perfeccionó sus herramientas, en demasiados lugares siguió retrocediendo en lo más básico: el reconocimiento de que no hay nada en la diversidad sexual que merezca ser corregido. El informe del Consejo de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas de 2022 dejó cifras que interpelan: las llamadas "terapias de conversión" se practican en al menos 68 países, en todos los continentes, con particular frecuencia en África, América Latina, el Caribe y Asia. En Colombia, una de cada cinco personas LGBTIQ+ reportó haber sido sometida a alguna de estas prácticas. El Congreso tuvo la oportunidad de prohibirlas. No lo hizo.


La historia detrás de la estadística

En mayo de 2024 se presentó en Bogotá el proyecto de ley "Nada que curar", que buscaba prohibir los ECOSIEG —Esfuerzos para Corregir la Orientación Sexual, Identidad o Expresión de Género— en Colombia. En junio, la Comisión Primera del Senado no aprobó la iniciativa por segunda vez: quedó archivada por falta de apoyo . Una oportunidad histórica perdida, y una prueba de la fuerza política que sectores conservadores y religiosos siguen ejerciendo sobre el Estado colombiano.

Las cifras del informe de la ONU reflejan una realidad alarmante. Pero detrás de cada número hay vidas. Historias que no deberían repetirse. El cuento que acompaña esta nota —Amarú, nada que curar, escrito por el mismo autor— retrata en una historia lo que miles de personas han vivido. Porque cada dato es una urgencia.


Cuadro informativo

Según el Consejo de Derechos Humanos de la ONU , las "terapias de conversión" son intervenciones de diversa índole —psicoterapéuticas, médicas o basadas en la fe— que parten de la creencia de que la orientación sexual y la identidad de género pueden y deben cambiarse cuando no se ajustan a lo que ciertos actores consideran la norma deseable.

Los mecanismos de la ONU contra la tortura concluyeron que estas prácticas "son inherentemente discriminatorias, crueles, inhumanas y degradantes, y que, según el grado de dolor físico o mental infligido, pueden equivaler a formas de tortura".

El término más preciso es ECOSIEG. El uso de la palabra "terapia" valida falsamente la patologización de la orientación sexual y la identidad de género.

📄 Informe completo del Experto Independiente de la ONU — Consejo de Derechos Humanos, 2022

Amarú, nada que curar

Cuento de Sergio Perugache


Despertó en un lugar desconocido. Tenía miedo, la piel erizada. Sabía que nada andaba mal en su cuerpo ni en su mente. Amaba a su madre y a su padre, quería a sus hermanos Manu y Felipe, dos adultos poco abiertos a la diferencia.

El olor y la humedad llenaban el lugar. Le habían dado un medicamento que lo hizo dormir. Todos los días, en ese sitio, recibía una "terapia" que vivía como una tortura. Un cuarto al que siempre llegaba sin saber cómo. Solo sentía dolor, escalofríos y tristeza. La tristeza de quien sabe que no ha hecho nada malo.


Amarú era su nombre. Tenía 17 años. Sus problemas comenzaron cuando sus amigos le dijeron que debía ser sincero con su familia y contarles que era gay. Amarú no lo creía necesario. Desde hacía un tiempo, sus padres asistían a una iglesia evangélica y sus ideas sobre la diversidad no eran abiertas. Sentía que nada bueno saldría de esa confesión.


El término "terapia de conversión" se utiliza de manera genérica para referirse a intervenciones de diversa índole que se basan en la creencia de que la orientación sexual y la identidad de género, incluida la expresión de género, de las personas pueden y deben cambiarse o reprimirse cuando no se ajustan a lo que otros actores consideran la norma deseable, en particular cuando se trata de personas lesbianas, gais, bisexuales, transgénero o de género diverso .

Aquella noche llegó a casa desde donde Alex, su novio. Vivían en el mismo barrio desde niños. Se sentó en la sala y esperó a que sus padres volvieran de la oración. Temblaba. Cuando llegaron, les pidió sentarse y les dijo que la persona a la que amaba se llamaba Alex. Silencio. Miradas. No hablaron más.

Al día siguiente, nadie dijo nada. La tensión llenaba la casa. El trabajo y la universidad ocuparon las horas. Por la noche, llegó lo que temía.

Un golpe. Amarú cayó y su padre se abalanzó sobre él, diciendo palabras que nunca pensó escuchar. Su madre guardó silencio. Dios y el pecado llenaron la conversación. Lágrimas.


Al día siguiente empezó la tortura. Salieron sin decirle adónde iban. El miedo lo consumía. Llegaron a un lugar al que llamaban "la clínica". Sin darse cuenta, estaba en un sitio de rezos y golpes. Su cuerpo y su mente comenzaron a ceder. Extrañaba a Alex, al amor, a la risa. Quería un abrazo. Ni las oraciones forzadas ni las humillaciones lograban borrar a Alex de su mente. El dolor se mezclaba con un rencor hacia su padre. Su madre nunca se opuso. Decía que los hombres son quienes deciden en el hogar.

Su rutina comenzaba a las seis de la mañana con oración. Le decían que era un pecador confundido. Pensaba que un sentir no se puede borrar. Observaba cómo a otros chicos los golpeaban o les negaban comida. Creía que pronto le tocaría a él. Aunque tenía miedo, seguía convencido de que no había nada que curar.

Pasaron los días. Más sesiones, más preguntas sin respuesta.

Un día, los insultos incluyeron la amenaza de un exorcismo. El pastor que dirigía el lugar hablaba de expulsar el mal. Amarú veía a sus compañeros sufrir. Escuchaba al pastor decir que había que liberar recuerdos y energía. No comprendía el nivel de violencia. Estaba seguro de que eso no podía ser terapia.

Una mañana, un enfermero entró a su habitación y le pidió arreglarse. Eran las seis. "No hay desayuno, aún", le dijo. Sabía que venía una nueva fase: la privación de comida. "Vamos a la oración", ordenó el hombre.

El pastor empezó hablando del pecado y la inferioridad de quienes estaban allí. Repetía su discurso con desprecio. Al sentarse en la banca, Amarú sintió la mirada del pastor: "Acércate y lee", le dijo. Amarú temblaba. El aire era frío.

Levítico 20:13. "Si un varón se acuesta con un varón… ambos morirán".

Amarú pensaba si su padre lo había llevado allí para matarlo. Recordaba las palabras que le repetían: "Es por tu bien". Nada estaba bien. Pensaba en otros lugares, en el amor, en los colores. "Nada que curar", se repetía. ¿La felicidad necesita cura?


La criminalización, la demonización y la patologización juegan un papel en perpetuar la violencia y la discriminación por razones de orientación sexual e identidad de género, y exponen a las personas LGBTIQ+ a las prácticas de conversión. Combatir estos prejuicios requiere acción por parte de los Estados, la comunidad médica y la sociedad civil .

El canto lírico era su pasión. Tomaba clases con Gonzalo, su profesor. Los martes y viernes iban a su apartamento en el centro. Gonzalo sabía que Amarú era gay. Para él, lo importante era el canto.

Los martes eran sus días preferidos. Recordaba la voz de Gonzalo diciéndole que tenía talento, que no debía dejar sus clases. Cuando faltó tres martes seguidos, Gonzalo sospechó. Conocía al padre de Amarú y temía lo peor. Llamó a la casa. Contestó su madre. Le dijo que Amarú no volvería, que estaba fuera del país en un curso. Ella sabía que no podía contarle la verdad. Gonzalo entendió que algo andaba mal.


Manu y Felipe eran mayores por algunos años. Los amaba, aunque detestaba sus actitudes. Siempre los sintió cerrados a la diferencia. Ellos sospechaban de sus gestos, de su manera de ser. Él nunca compartió sus intereses. Siempre los vio como tipos simples.

Y sin embargo, los extrañaba. También a su madre, a su padre… a su cuarto. Sobre todo, a Alex. Ese lugar, donde el amor no existía, lo llevaba a recordar todo lo que había perdido.

Pensaba en los fines de semana juntos. Salir al parque, recorrer la ciudad. Su padre tenía una camioneta y solían pasear. Recordó todo eso y miró su alrededor. Estaba solo. En la pared, un cuadro del Divino Niño. Una lágrima bajó por su rostro.


Decidió aferrarse a su fe. Sabía que su Dios no castiga esto. No debía temer. Nada que curar.

Buscó libros, textos científicos. Leía a diario. Después del desayuno, volvía a los textos que le obligaban a leer. Regresaba a su cuarto, hacía ejercicio, volvía a leer. Su convicción crecía: nada que curar.

Los meses pasaron. Ya iban ocho. Ni él, ni Alex, ni Gonzalo se acostumbraban a su ausencia. Su madre tampoco. Pero su padre decidía. Sus hermanos lo aplaudían.


Un día, leyendo, entendió que las llamadas "terapias de conversión" o ECOSIEG 2 son esfuerzos sin base científica. También comprendió que, dentro de ese horror, a él le había tocado lo menos cruel: los ritos religiosos. Supo que otros sufrían violencia física o electrochoques. No estaba bien, pero sabía que otros lo pasaban peor.

Comenzó a escribir una carta. No sabía a quién se la daría. Pero necesitaba decirles que el odio y el miedo nublaban su visión. Escribió desde su sentir, pero también desde el perdón.

Comprendió que nadie tenía culpa. Solo el odio y el fanatismo necesitan cura. El perdón y el amor eran su fuerza.


A los nueve meses, lo dejaron salir. Al ver a sus padres, los abrazó. Les entregó la carta. Les pidió leerla en casa. En su espacio. El espacio del que nunca debió salir.

Nada que curar.